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Hume (II): El emotivismo moral

En el problema ético -el de determinar los criterios de bondad o maldad de las acciones humanas- Hume también se opuso al racionalismo. Hume compartía, no obstante, una idea con los racionalistas: los criterios morales los establece el propio sujeto.
El racionalismo pensaba que era la razón humana la que disponía de modo innato de estos criterios de bondad o maldad y que, por ello, éstos eran universales y necesarios. De ahí que para los racionalistas una de las misiones de la razón sea el dominio de las pasiones, idea que ya hemos visto en Platón y en los estoicos.

Hume se situó en otra perspectiva: lo bueno y lo malo no se deriva de la razón, sino de la experiencia subjetiva humana, esto es, de la emoción, o lo que es lo mismo, del gusto o disgusto que provocan en nosotros los hechos.

¿Has visto Harry el sucio?


(Aquí tiene a Harry "El sucio" con su Magnum del 44)

Un psicópata asesino se las hace pasar canutas a Harry "El Sucio" pero al final el psicópata se lleva lo suyo. ¿Por qué en el cine todo el mundo aplaude a rabiar cuando Klint Easwood se carga al malo de la película? y ¿por qué el personal se siente mal cuando es el malo el que mata a otros? Si el hecho de matar es el mismo, ¿porqué aprobamos una acción y reprobamos otra? Para Hume es el sentimiento subjetivo el que decide estas cuestiones.

Con esto Hume no pretendía formular una ética relativista porque pensaba que estos sentimientos (o emociones) son comunes a todos los seres humanos. O sea, que a todos nos repugnan aproximadamente las mismas cosas.

Mi comentario

Sobre el emotivismo puedo hacerte tres consideraciones críticas:

1º.-Hacer depender la moral solo del gusto me parece que simplifica el problema. En muchas ocasiones, como señaló Kant, tenemos que actuar contra nuestros gustos porque un deber lo exige. Por ejemplo, un padre tiene que corregir a sus hijos aunque le disguste ponerse a malas con ellos. Lo mismo nos pasa a los profes cuando tenemos que suspender a alguien. Tenemos que hacerlo, es nuestro deber, porque si no lo hiciéramos nadie estudiaría. Pero no nos gusta nada endosar calabazas al personal. Créeme que es así.



(Aquí tienes una hermosa calabaza)

2º.-El emotivismo es una moral “a posteriori”, o sea, tú no sabes lo que está bien o mal hasta que no lo experimentas. Y eso, en muchas ocasiones, puede ser letal. Por ejemplo: ¿tendríamos que probar la droga para comprobar si nos gusta o no? Quien dice la droga, puede decir otras muchas cosas. A veces no conviene experimentar a ver lo que sentimos. Es mejor atender a razones, escuchar al que tiene experiencia y nos puede enseñar algo. O sea, que las razones también valen en ética. Haremos muy bien en razonar y en escuchar a los maestros.

(Aquí tienes a Kung Fu y a su maestro ciego que, sin embargo, tenía una gran experiencia de la vida y veía lo que otros eran incapaces de ver)

3º.- Y, por ultimo, tampoco está muy claro que todos los seres humanos tengamos los mismos gustos o criterios sentimentales. Esto conduce a la ética al subjetivismo, lo cual es muy peligroso. Si resulta que soy un sádico que disfruto haciendo sufrir a otros, no por ello mis acciones pueden considerarse moralmente buenas.

Dicho esto tampoco creo que haya que rechazar por completo los sentimientos humanos como criterio de acción moral. Me explico: la solución está, en mi opinión, en juzgar nuestros gustos y sentimientos a la luz de la razón. O sea en distinguir entre buenos y malos sentimientos y dejarse guiar por los buenos sentimientos. Y ¿cuáles son los buenos sentimientos? Pues aquellos que nuestra razón juzga como buenos porque realizan nuestra humanidad. El criterio del gusto, el "me gusta, luego lo hago" es incompleto. Además debo hacerme otras preguntas que solo la razón puede contestar: ¿me realiza como mejor persona? ¿me viene bien? ¿perjudico a alguien?

Aunque esta discusión pueda parecerte algo abstracta tiene su aplicación para la vida. Piensa, por ejemplo, en las relaciones de pareja. ¿Cómo elegir a la persona con la que queremos compartir nuestra vida? ¿Solo si nos gusta? ¿O debemos considerar también si nos conviene? Supongamos que estás coladito por un chico pero el muchacho es alcohólico? ¿Qué hacer? En mi opinión en estos casos hay que complementar el gusto con la razón: si el pibe no supera el alcoholismo, pues adiós muy buenas. Por mucho que te guste lo mejor será dejarle o de lo contrario te amargará la vida. Eso lo dice la razón y harás bien en hacerla caso. Lo ideal será que encuentres a alguien que te convenga y también que te guste.

Mucha suerte.
El idealismo
El idealismo es una perspectiva filosófica ciertamente sutil. Surge con la filosofía de Descartes para el cual la primera realidad que sabemos que existe es el pensamiento y las ideas en mi pensamiento. "Pienso, luego existo", la verdad indubitable en la que fundamenta Descartes su filosofía, significa que existe mi pensamiento y las ideas en él contenidas. De esto se deriva que las realidades fuera de mi pensamiento no es evidente que existan.
El idealismo se hace dos preguntas cruciales:
¿Sabemos si, además de nuestras ideas en la mente, existen las cosas del mundo? Y una segunda pregunta aún más inquietante: ¿Son las cosas del mundo como nosotros las conocemos o son distintas?

Descartes, aunque fue el iniciador del idealismo, no fue un idealista radical. Para Descartes se puede probar que, además del pensamiento, el mundo está ahí fuera. Pero otros filósofos modernos van a llevar el idealismo hasta sus últimas consecuencias y van a perder el pie de la realidad.

El idealismo de Berkeley

Por ejemplo el empirista Berkeley que llegó a decir que "ser es ser percibido" y que toda realidad es ideal, es decir, es siempre una idea en la mente de alguien y, en última instancia, en la mente de Dios.

(Este es Berkeley, un obispo anglicano, empirista e idealista)

¿Qué pasa, entonces, con un árbol al que nadie observe y no sea una idea para nadie? ¿No existe? Para Berkeley si existe porque ese árbol es percibido por Dios.

No sé, no sé, esta filosofía puede fácilmente llevarnos a la idea de que, en el fondo, la realidad sería como una descomunal película de cine o una gigantesca novela pensada, en última instancia, por Dios donde suceden cosas, simplemente, imaginadas. Creo recordar que este era el argumento de una novela de Unamuno muy curiosa en la que el protagonista de la novela quiere hablar con el autor de la novela para que no le mate. Ya puedes, fácilmente, concluir que este idealismo le quita realidad a la realidad. No parece que sea lo mismo un asesinato narrado en una novela que un asesinato real.

(Unamuno lee una novela)

Este idealismo me parece muy literario y sugerente, pero nada más. Si nada está sucediendo realmente (salvo en nuestras mentes o en la mente de Dios) nada tiene importancia. Entonces: ¿no daría igual hacer cualquier cosa?

El idealismo absoluto de Hegel

Otro idealismo exagerado fue el de Hegel. Todo lo que sucede es que el Espíritu se está realizando y, por ello, todo lo que sucede es ideal y real al mismo tiempo. Además lo que sucede, sucede de forma necesaria hacia la autorealización del Espíritu. Nosotros no somos más que momentos de ese Espíritu.

(Hegel es el padre de un idealismo absoluto)

Ni que decir tiene que este idealismo se carga la libertad humana. Si la realidad es un proceso ideal y necesario, más se parece a una gran novela en la que nosotros no tenemos ni arte ni parte. Pero el caso cierto es que no es esa la sensación que tenemos. Al contrario, nos sentimos libres, incluso, como dijo Sartre, ¡libres a la fuerza!

Los peligros del idealismo

El idealismo tiene, en mi opinión, dos peligros: uno es el de quitarle realidad a la realidad y el otro es el subjetivismo. Nuestro Cervantes lo supo caricaturizar en la figura de Don Quijote que veía gigantes dónde solo había molinos.


(Aquí tienes a Don Quijote en pleno delirio idealista)

Esto pasa si perdemos el contacto con la realidad, aunque también es cierto que un realismo como el Sancho Panza, solo interesado en llenar la panza, se queda demasiado corto. Reconozco que una cierta dosis de idealismo viene bien, porque no creo que debamos conformarnos con ciertas realidades. El idealista es alguien que quiere transformar la realidad y adecuarla a sus ideas. Me parece bien pero siempre que éstas sean buenas ideas. Para que comprendas esto te voy a brindar dos imágenes bien distintas:


Este es el bosque encantado del artista vasco Agustín Ibarrola en Oma que, como se ve, está bastante bien. El artista ha proyectado sobre la naturaleza una idea que respeta la naturaleza.



Sin embargo esta otra imagen es bien distinta. Se trata de un bosque quemado, de los muchos que arden todos los veranos como consecuencia de la actuación de los pirómanos. Es fácil concluir que la idea de quemar los bosques no parece muy respetuosa con la naturaleza. Así pues, bienvenido sea todo idealismo siempre que sea respetuoso con la naturaleza de las cosas. Nos servirá para mejorar las cosas y también para moderar nuestro subjetivismo.

¡Bueno, bueno... cómo nos hemos elevado! Me sale humo de la cabeza, así que voy a dejarlo por hoy que juega el Barça contra el Liverpool. Vamos eso creo. A lo mejor es un sueño. Pero no, yo juraría que juegan ahora y yo diría que en este preciso momento que escribo la suerte no está echada, aunque con Ronaldinho y Messi, más la gacela Etoo, en el campo casi diría que sí. Pero ¿quién sabe?
Adiós, que gane el mejor.
Panorama de la Filosofía durante la Ilustración
El siglo XVIII estuvo marcado por el fenómeno cultural de la Ilustración que abarca el tiempo transcurrido desde la Revolución Inglesa de 1688 -con la primera quiebra del absolutismo político- hasta la Revolución Francesa de 1789. La ilustración se originó en Inglaterra, pero se extendió como un reguero de pólvora por todo el continente.

¿Qué es la Ilustración?
Esta misma pregunta se hizo el filósofo Kant en su tiempo contestándose de esta manera:
"La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! Ten el valor de servirte de tu propia razón: he aquí el lema de la ilustración".
La Ilustración consistió, pues, en la llegada de la razón a la "mayoría de edad". Esto se tradujo en un empeño de racionalización de la realidad, despachándose todo conocimiento fundado en la creencia religiosa o en la superstición. Sólo la explicación de la Ciencia era admisible para una mentalidad ilustrada. Al mismo tiempo las cuestiones no sometidas al estudio de la ciencia debían quedar a la subjetividad y libertad de pensamiento de cada cual, postulándose la tolerancia (Voltaire) como un valor fundamental.



Los ilustrados fueron conscientes de la enorme tarea de racionalización de todos los aspectos de la realidad y se entregaron a esta misión con pasión. Fruto de esta actividad fueron las Enciclopedias como la "Enciclopedia o Diccionario razonado de las Ciencias, de las Artes, y de los Oficios" de Diderot y D'Alembert en Francia, en las que se pretendió resumir todo el saber racional de la época y eliminar los prejuicios y creencias tradicionales.


Los problemas de la filosofía del siglo XVIII

Kant, que fue quizá el filósofo más representativo de la época, consideró que cuatro debían ser las preguntas decisivas de la filosofía:

1ª- ¿Qué podemos conocer? (Problema gnoseológico).
2ª-¿Qué ciencia podemos hacer? (Problema epistemológico).
3ª-¿Qué debemos hacer, tanto en el campo de la acción humana como en el de la acción política? (Problema moral y político).
4ª-¿Qué nos cabe esperar en la Historia y más allá de ésta? ( Problemas sobre el sentido de la Historia y el Problema de la Religión).

Siguiendo esta estructura de problemas, las principales respuestas durante el siglo XVIII fueron a grandes rasgos las siguientes:

a) La cuestión gnoseológica y epistemológica íntimamente conectadas, estuvo definida por el intento de superación del racionalismo y del empirismo realizado por Kant. Racionalistas y empiristas continuaron sus debates durante este siglo. Leibniz, que muere en 1715, y Hume, que nace 1711 son las dos figuras más representativas e influyentes.


Fue Hume quien desde un empirismo radical llega a negarle a la metafísica toda validez científica y quien pone por primera vez en duda la validez de nuestros métodos inductivos de conocimiento científico, dando lugar con posterioridad a la crítica de la Ciencia y sus métodos operada en la filosofía contemporánea.


Kant intentó una solución limitando el alcance de nuestro conocimiento a la experiencia, pero señalando que el entendimiento actúa sobre la experiencia explicándola y que hemos de tener en cuenta determinados a prioris del sujeto en el proceso del conocimiento humano. Lo que no podemos conocer es lo que está más allá de nuestra experiencia, por ello, la metafísica no será posible como ciencia. Sí que serán posibles por el contrario la Física y las Matemáticas, quedando con ello muy limitado el campo de la filosofía y nuestras pretensiones de conocimiento trascendente.

b) En la cuestión moral dos fueron las teorías morales principales: el emotivismo moral de Hume desde el campo del empirismo y la ética del deber kantiana, que pretendió recuperar, superándolos, los postulados morales del racionalismo.


Para Hume los criterios de bondad y maldad derivan del sentimiento humano, no de la razón, mientras que para Kant la razón práctica es la que ha de establecer criterios de moralidad autónomos, pero de carácter universal. Este es el sentido de su imperativo categórico y de su actuación por el puro deber. Este imperativo puede formularse de diversas maneras: "Actúa de tal manera que la norma de tu actuación pueda convertirse en ley universal" o "no trates nunca a los demás como un medio sino como fines en sí mismos". Cada cual debe aplicar el imperativo categórico y así saber qué está bien y qué está mal.


Ambos pues coinciden en que es desde el sujeto de dónde se derivan los criterios de bondad e incluso ambos confían en que esos criterios son uniformes en la naturaleza humana, pero difieren en si es la razón o el sentimiento humano quien los establece.

c) La cuestión política continuó por los mismos derroteros del siglo anterior con algunas aportaciones al debate entre absolutistas y liberales.

El absolutismo, influido por ciertos ideales ilustrados, se disfrazó de despotismo ilustrado y proclamó su intención de beneficiar al pueblo pero sin permitirle participar en el poder. Su lema "todo para el pueblo pero sin el pueblo" es bien significativo.

El liberalismo contó con los desarrollos teóricos de Montesquieu (1689-1755),que dejó plenamente formulada la teoría de la separación, independencia y equilibrio de los poderes -legislativo, ejecutivo y judicial- como modelo político necesario para garantizar la libertad política.


(Montesquieu)

Otros teóricos fueron más lejos y no se conformaron con la libertad política frente al monarca absoluto, sino que postularon la igualdad de todos y la necesidad de regirse por la "voluntad general", como es el caso de J.J. Rousseau (1712-1778), dando lugar a un "democratismo" político y a tesis de gobierno abiertamente republicanas. Puesto que los hombres han creado el Estado para preservar su libertad, al pueblo corresponde la soberanía al ser el depositario último del poder, siendo los gobernantes meros funcionarios suyos. Las leyes han de ser aprobadas por el pueblo, manifestándose así la "Voluntad General", que sólo pretende el bien del cuerpo social, y no la satisfacción de intereses particulares, siendo además esta soberanía absoluta, indivisible e intransferible.



De Rousseau derivó una concepción radical de la democracia, muy influyente en los revolucionarios franceses, que contrasta con la concepción liberal del Estado de Derecho de Locke y Montesquieu, que inspiró a los sistemas constitucionales anglosajones, en la que el poder se limita y se controla mediante la separación de poderes.

Las ideas de los ilustrados cruzaron el atlántico y se propagaron por Europa. Sus consecuencias fueron la Revolución Americana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789. Los ideales de esta revolución fueron tres: la libertad, la igualdad y la fraternidad.


(Los ideales de la revolución francesa)

Autores como Kant suscribieron con pasión estos ideales pero no estuvieron de acuerdo con la ilimitación del poder del pueblo. El desarrollo histórico ineludible hacia la libertad política se logrará cuando todos los pueblos de la tierra se constituyan en Estados de Derecho y se unan en una federación de repúblicas libres, con sus poderes legislativo, ejecutivo y judicial mundiales, para lograr así la paz en el mundo.

e) El sentido de la Historia fue un problema filosófico al que se volvió en este siglo pero procurando alejarse de las consideraciones trascendentes de la Historia propias de la época medieval.

Las metas de la Historia debían ser ahora inmanentes. La secularización de la idea de providencia divina, presente en la filosofía de la Historia de S.Agustín, y la convicción de que la Ciencia y la Técnica avanzaban sin cesar, condujeron a la idea de que la Historia se adentraba por el camino del progreso.

Así lo pensó, por ejemplo, Condorcet (1743-1794) para quien la historia del hombre es la historia del mejoramiento continuo de la razón humana, que se va abriendo paso hacia la emancipación y liberación, tanto de las tiranías, como de la propia Naturaleza y todo ello gracias a la Ciencia. El propio Kant consideró que la libertad y la paz perpetua son la finalidad de la Historia y que a éste final nos lleva la propia Naturaleza, entreviendo el concepto de "necesidad histórica' que tanto peso tendrá en autores posteriores como Hegel y Marx.

f) El proceso de racionalización llegó también a la creencia religiosa. En este campo se intentó derivar una actitud religiosa natural al margen de los ritos y las diferencias entre religiones, reduciendo los dogmas religiosos a los mínimos imprescindibles. En esa actitud se mueve, por ejemplo, Kant -en sintonía con la Reforma Protestante- para el que basta una piedad interior, sin intermediarios, para salvarse así como la creencia en pocas verdades: la existencia de Dios, la creación del mundo por Dios y la existencia del premio y del castigo en el más allá.

La creencia en Dios para Kant, aunque no pueda probarse racionalmente, no resulta irracional. Las pruebas racionales de las escuelas filosóficas (sobre la existencia de Dios y el alma) -nos dirá Kant- no han convencido a nadie. Lo que ha inclinado, sin embargo, a la gente a creer en Dios, en el alma y en su inmortalidad, ha sido más bien la esperanza en una vida futura, la conciencia del deber y la admiración por el orden de la naturaleza. Son buenas razones aunque no sean concluyentes. Por otro lado, la no existencia de Dios tampoco puede demostrarse racionalmente. Por eso resulta racional creer en Dios y en el yo libre e inmortal. En conclusión: la moral y la religión se justifican racionalmente (pudieran ser ciertas) frente a los que las niegan (el materialismo, el ateísmo o el escepticismo) que al negar sin pruebas caen en el dogmatismo.

Las posiciones abiertamente ateas y materialistas fueron defendidas entre otros por Laplace y el escepticismo religioso tuvo en Hume a su máximo representante. Para este filósofo no podemos saber nada en este tipo de cuestiones porque además de encontrarse fuera del alcance de nuestra experiencia, nos sumen en graves contradicciones como la que se da entre la existencia de un Dios bondadoso, omnisciente y omnipotente y el mal en el mundo.

Importancia de la Ilustración

La Ilustración dejó una enorme herencia intelectual a nuestro mundo contemporáneo. Así el ideal de la racionalización de la realidad, la primacía del saber de la Ciencia y de la Técnica que de ella se deriva, la autonomía moral del individuo y el ideal de la emancipación política a la búsqueda de un autogobierno en el que se logren la libertad, la igualdad y la fraternidad de todos los seres humanos.

En esta época quedaron plenamente formulados el principio democrático -es el pueblo quien debe gobernar- y liberal -el poder debe dividirse, controlarse y respetar los derechos individuales- que inspiran nuestras democracias en la actualidad.

De esta época proviene también un cierto optimismo histórico. Los ilustrados pensaron que la Historia caminaba inevitablemente hacia la realización de la libertad, la igualdad y la fraternidad y que el uso de la razón podría lograrlos. Aunque estas esperanzas se han visto en parte defraudadas en los siglos siguientes por el industrialismo (generado por el progreso de la ciencia y de la técnica), y las dos guerras mundiales, aún hoy seguimos creyendo que la ciencia mejorará nuestra situación.


(Ya Kant lo advirtió: el sueño de la razón produce monstruos)

Con relación a la religión, aunque todavía Kant pretende salvarla, la Ilustración dio lugar a las primeras ideas claramente antireligiosas, materialistas y ateas, que fueron el preludio de la filosofía anticristiana de Nietzsche en el siglo siguiente. Toda la cultura cristiana comenzará a tambalearse en este siglo y los valores cristianos, aunque no desaparecen, ya no vayan a ser los únicos o predominantes.

Panorama de la filosofía durante el siglo XVII

El siglo XVII se caracterizó por la polémica entre dos corrientes filosóficas antagónicas: el racionalismo continental y el empirismo inglés. Descartes (1596-1650), fue el fundador del racionalismo y Jhon Locke (1632-1704) del empirismo. La filosofía racionalista de Descartes dio lugar al IDEALISMO MODERNO una nueva actitud filosófica contraria al REALISMO ANTIGUO Y MEDIEVAL.
El idealismo moderno

La nueva actitud filosófica será la de dar primacía al pensamiento sobre la realidad extramental. Lo primero que podemos decir que existe es nuestro pensamiento y las ideas en él contenidas. Así lo expresó Descartes con su "pienso, luego existo". La existencia real e independiente del mundo es una cuestión que habremos de demostrar. Pero, en todo caso, la verdad acerca del mundo estará siempre mediatizada por el sujeto, que es el que piensa o percibe.
Esta actitud idealista va a ser ya la de todas las demás filosofías modernas, incluido el empirismo inglés, para el cual la única realidad admisible es la realidad percibida.
Este idealismo irá evolucionando desde un idealismo moderado, cuyo representante sería Descartes, hasta el idealismo radical de Hegel. Así, mientras Descartes cree poder probar racionalmente la existencia real fuera del pensamiento, del mundo, el yo y Dios, otros filósofos -como Spinoza (XVII) y luego Hegel (XIX)- van a identificar el pensamiento con la realidad y viceversa, allegándose a las riberas de un idealismo absoluto.

La polémica entre racionalistas y empiristas
La polémica entre racionalistas y empiristas, ambos dentro del marco del idealismo moderno, se planteó principalmente con relación al problema gnoseológico, es decir, al problema de cuáles son los límites y el alcance del conocimiento humano, y al problema epistemológico, es decir, al problema relativo a como lograr la verdad científica.
Para los racionalistas la verdad se deriva de la razón, por lo que el método válido para alcanzarla será la deducción y el modelo de ciencia a seguir las matemáticas. Los empiristas, por su lado, considerarán que la verdad proviene de la experiencia, que el método válido para acceder a ella es la inducción y el modelo de ciencia ha de ser la Física.

Ni el racionalismo negó el valor de la experiencia de modo absoluto, ni el empirismo dejó de subrayar que hay una cierta actividad mental en todo proceso cognoscitivo. Lo que sucedió es que ambos acentuaron un aspecto del problema. Los racionalistas hicieron hincapié en que de la pura experiencia no se deriva verdad alguna y que, por lo tanto, el uso de la razón es ineludible para lograr la verdad, que en ella se encuentra esta verdad, y que si no está en ella, no está en ninguna parte. Los empiristas, concibieran la mente como una hoja de papel en blanco que si no recibe experiencias no puede saber nada acerca del mundo y que su actividad se circunscribe a la tarea de establecer regularidades.

En el problema moral -el de determinar los criterios de bondad o maldad de las acciones humanas- racionalistas y empiristas también estuvieron divididos. Ambos dotaron al sujeto de la capacidad de establecer desde sí mismo estos criterios, pero sus criterios autónomos fueron diferentes.
EL racionalismo consideró que la razón humana dispone de modo innato de estos criterios de bondad o maldad que son universales y necesarios. La razón es portadora de estos criterios y su función será el control de las tendencias e inclinaciones del cuerpo, es decir, el dominio de las pasiones por la recta razón, como ya habían propuesto los estoicos.
El empirismo se situó, por el contrario, en otra perspectiva: lo bueno y lo malo no se deriva de la razón, sino de la experiencia subjetiva humana (la emoción), siendo los criterios morales algo que depende de los sentimientos mayoritarios de la sociedad que, aunque suelen ser uniformes, pueden variar con el tiempo y las circunstancias.

Primeras críticas al absolutismo político

La problemática política estuvo marcada por la polémica entre los defensores del absolutismo político y los que lo atacaron. En el siglo del Barroco (Sg.XVII) el poder de los Monarcas ya había logrado sus objetivos primordiales: la indivisibilidad e irrevocabilidad del poder político. Pero la burguesía enriquecida por el capitalismo comercial reclamó su derecho a participar en el poder político con la pretensión última de llegar a ostentarlo de forma exclusiva. Esta pugna es, en parte, la historia política de la Época Moderna. En este siglo se logró la primera quiebra del absolutismo político con la Revolución Inglesa de 1688 y fue el siglo además en el que a nivel teórico se comenzó a combatir abiertamente este absolutismo.

La defensa del absolutismo político (el poder del monarca es indivisible e irrevocable) se apoyó en la denominada "teoría del origen divino del poder" expuesta por Jacques Bossuet (1627-1704) en Francia y por Robert Filmer (1588-1653) en Inglaterra. También el absolutismo político fue defendido desde una óptica no religiosa por Thomas Hobbes, (1588-1679) quien en su obra el "Leviatán" explicó que los gobernados acuerdan conceder al gobernante un poder absoluto, pues esa es la única forma eficaz de lograr la paz social que es lo que interesa a todos.

Fue John Locke (1632-1704) quien -desde el contractualismo- se alineó decididamente entre los que postulaban la caída del absolutismo. Su obra "Dos tratados sobre el gobierno civil" es la teorización de esta posición y la defensa de un sistema político en el que el poder esté dividido y éste pueda ser revocable, si no cumple con los fines de asegurar la vida y la libertad de las personas.

(J. Locke)

Locke inauguró una concepción representativa del poder en la que el individuo ostenta una serie de derechos individuales inalienables, a la vida, a la propiedad y a la libertad, que todo poder ha de respetar, dando lugar así al liberalismo político. Este ha de ser el contenido del "contrato social" entre el individuo y el Estado, y no una carta en blanco como pretendía Hobbes. Las teorías de Locke fueron el anticipo de lo que estaba por venir y la muestra palpable de que la autonomía individual también se quería a nivel político.

Importancia de la filosofía del siglo XVII

En este siglo se formuló definitivamente el principio de la autonomía de la razón con el "cogito" cartesiano y se alumbró el idealismo. Como tal, supone un giro de 180 grados con respecto a la filosofía realista que le había precedido durante la Edad Media y la Antigüedad. El idealismo postula la primacía del sujeto que piensa y todo lo deriva de sí mismo. Ya no hay más autoridad que la razón humana para admitir verdades. Este optimismo racionalista descansa a su vez en los progresos de la ciencia y llegará a su máxima expresión en el siglo XVIII, el siglo de la Ilustración.

Igualmente el siglo XVII es importante porque en este siglo se alumbró el liberalismo político que trajo consigo la caída del absolutismo político y que tanto ha inspirado nuestras actuales democracias liberales. El liberalismo aportó la idea de la limitación del poder mediante su control por el pueblo. Así mismo, defendió la idea de la existencia de unos derechos individuales, -a la vida, a la propiedad y a la libertad- que ni siquiera un poder democrático puede vulnerar. Tales ideas aún siguen influyendo en nuestros días.


Panorama de la filosofía durante el Renacimiento
El Renacimiento comprende los siglos XV y XVI. En esta época entró en crisis la mentalidad medieval, surgió el método científico, se produjo la Reforma Protestante y los intelectuales volvieron su mirada a la Antigüedad clásica para formular un nuevo humanismo.
Rasgos generales del pensamiento renacentista
Aunque el pensamiento renacentista fue muy plural, pueden señalarse algunos rasgos comúnes:


a) Un retorno al estudio del hombre. El ser humano es el centro de atención de los filósofos. Dios lo ha creado libre y le ha dado la razón para que busque la verdad por sí mismo.

b) Una actitud de confianza en la razón: la razón humana puede explicar la naturaleza y encontrar por sí misma criterios para actuar bien y lograr la justicia en la sociedad, todo ello sin entrar en conflicto con la fe religiosa.



c) Una incipiente actitud crítica frente a los principales dogmas de la visión cristiana del mundo. Aunque, en general, la mayoría de los filósofos se mantuvieron dentro de los márgenes de los postulados metafísicos del cristianismo, surgen las primeras discrepancias serias con esta cosmovisión. Un ejemplo lo tenemos en autores como Nicolás de Cusa o Giordano Bruno que elaboraron filosofías en clara disonancia con la visión cristiana. En ellas aparece, por ejemplo, la idea del panteísmo (todo es Dios) que rompe con la distinción entre Dios y Mundo propia de la cosmovisión cristiana.





(Giordano Bruno fue quemado en la hoguera por sus tesis heréticas en 1600).

c) Una nueva mentalidad de aprecio del mundo y búsqueda del progreso material frente al desprecio del mundo propio de la mentalidad medieval.


Nuevo humanismo

El hombre va a ser la preocupación principal de los intelectuales renacentistas. Un hombre al que se considera un ser racional y libre (porque así lo ha creado Dios) y que debe buscar por sí mismo la verdad, el bien y la justica, así como interiorizar la creencia religiosa, que nunca debe aceptarse como una imposición.



Para comprender al hombre los pensadores renacentistas volvieron su mirada a la cultura clásica griega y latina, y así resurgieron escuelas filosóficas como el aristotelismo, el platonismo, el estoicismo, el escepticismo y el epicureísmo.




(Miguel Angel retrató como nadie este nuevo espíritu humanista. El hombre creado por Dios es el nuevo centro de atención).


Estas filosofías se utilizaron para ofrecer una nueva interpretación del cristianismo más centrada en el ser humano, frente a la visión cristiana medieval más centrada en Dios.

Surge la Ciencia

A la consolidación de esta nueva mentalidad antropocéntrica contribuyó decisivamente la Ciencia Moderna que fue considerada el instrumento adecuado para dominar el mundo. Así lo expresó Francis Bacon para quien la ciencia no es sólo un saber teórico, sino un conocimiento práctico que nos proporciona un gran poder sobre la naturaleza, y que nos permitirá su transformación y aprovechamiento para la mejora de la humanidad.

El nacimiento de la Ciencia fue posible gracias a la dedicación de hombres como Galileo que, con la utilización de nuevos instrumentos de observación, como el telescopio, realizaron descubrimientos que contradecían la visión aristotélico ptolemaica del Universo.




El telescopio (y luego el microscopio) pusieron a la vista de los científicos una nueva realidad antes inobservada. La astronomía aristotélica y su física ya no servían para explicar esas nuevas realidades. Galileo, Kepler y, más tarde, Newton fueron capaces de explicar los nuevos hechos.


Nueva religiosidad

El Renacimiento no fue una época antireligiosa como a veces se pretende mostrar. Se gestó, eso sí, una nueva interpretación de la religión cristiana que desembocó en el protestantismo, pero las principales afirmaciones de trascendencia filosófica del cristianismo (como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma) no se pusieron en duda, salvo excepciones. Los científicos, como Galileo, fueron creyentes y, en ningún momento, pretendieron polemizar con la creencia religiosa, sino más bien distinguirla de la ciencia, separando sus ámbitos como había propuesto Ockham en el siglo XIV.




Uno de los artífices de esta nueva religiosidad fue el humanista Erasmo de Roterdam. Según él el cristianismo debía renovarse y volver a sus orígenes. La religión debía interiorizarse y nunca ser impuesta por la fuerza.



(Thomas Moro y Erasmo se conocieron y ambos congeniaron. Erasmo le dedicó a Moro su libro más famoso: Elogio de la Locura.)



Fue en este espíritu en el que surgió el protestantismo que, en cierto modo, fue la consecuencia de la radicalización de las ideas de Erasmo. Lutero proclamó la libertad del cristiano, incluso para interpretar los evangelios, y eliminó cualquier intermediación en la relación con Dios, negándole a la Iglesia y a la jerarquía eclesiástica cualquier autoridad en materia religiosa. Según Lutero solo la gracia divina puede salvarnor con lo que lo único que nosotros podemos hacer es tener fe. Erasmo no estuvo de acuerdo con Lutero. Para Erasmo (más en la línea católica) la gracia y la fe son necesarias, pero también debemos realizar buenas obras.


(Éste es Lutero frente a la Biblia.)


La división del cristianismo en católicos y protestantes dividió también a Europa y la condujo a numerosos enfrentamientos, guerras de religión y persecuciones religiosas. Los filósofos (y científicos) no fueron ajenos a este ambiente y, ya fueran católicos o protestantes, hubieron de soportar censuras y procesos inquisitoriales, algunos incluso la muerte. Es el caso de Miguel Servet (que había descubierto la circulación sanguínea) ejecutado en Ginebra por los calvinistas, o el de Giordano Bruno quemado en la hoguera por la Inquisición, o el de Galileo que fue obligado por la Inquisición católica a retractarse de su heliocentrismo.


La discusión política

Niccolo Maquiavelo
fue el pensador más destacado. Se le considera el fundador de la ciencia de la política de la que eliminó cualquier consideración moral. Para Maquiavelo la política es el arte de afianzar en el poder al gobernante para lograr la unidad del Estado y así conseguir la seguridad (y verdadera libertad) de los gobernados. Conceptos como el de "Razón de Estado" o principios como "el fin justifica los medios" deben aplicarse para conseguir estos objetivos.


(Aquí tienes a Maquiavelo. "El Príncipe", su obra más famosa, es un pequeño manual dedicado a Lorenzo de Médicis donde le aconseja sobre la mejor manera de actuar para consolidar el poder. )

Paralela a la reflexión de Maquiavelo, una serie de autores como como Thomas Moro, Tomasso Campanella o Francis Bacon llevaron a cabo una reflexión sobre el Estado en clave utópica. Thomas Moro escribió un libro titulado precisamente Utopía en el que propone una organización igualitaria de la sociedad, compatible con el mayor grado posible de tolerancia y libertad, que ha servido de recurso teórico a los revolucionarios franceses de 1789 e incluso al socialismo del siglo XIX. Campanella abogó por una sociedad dirigida por la Iglesia y Francis Bacon por la Ciencia y los científicos.

(Francisco de Vitoria)

En España el pensamiento político estuvo marcado por la influencia de la Escuela de Salamanca. Su iniciador, el dominico Francisco de Vitoria, elaboró toda una teoría política a partir de la idea del derecho natural tomista. Mientras que Maquiavelo consideraba al Estado como una fuente autónoma de legalidad, para Vitoria el derecho natural está por encima y debe prevalecer en todo momento. También desarrolló la idea del derecho de gentes o derecho internacional. Las relaciones entre los Estados deben basarse en acuerdos justos y en el respeto a los derechos naturales de todos. De este modo los miembros de esta Escuela se convirtieron en los primeros defensores de los derechos humanos que deben aplicarse a todos los seres humanos en cualquier parte del mundo. Esto incluía a los indios americanos, de ahí que estos intelectuales fueran los primeros en criticar los abusos que se estaban cometiendo en la conquista de América.


Otra idea que merece la pena destacarse es su rechazo de la teoría de la esclavitud aristotélica. Todos los hombres, puesto que son animales racionales, tienen derecho a la libertad tanto de conocimiento como e voluntad. De esto se sigue que no pueden ser esclavizados.

(Bartolomé de las Casas)

En su misma línea hay que destacar la figura de Bartolomé de las Casas, pionero en las críticas a los atropellos que se estaban comentiendo en América y en la defensa de los indios americanos. Este dominico también llevó a cabo una defensa de la libertad religiosa que me parece muy interesante: todos los seres humanos tienen derecho a bucar a Dios y conocere, pero nunca pueden ser obligados a ello. Por esta razón la religión debe ser propuesta y no impuesta. Si se impone a la fuerza dará lugar al rechazoy al odio. También me llaman la atención sus reflexiones sobre la forma de predicar la religión que deben adoptar los ministros de la Iglesia. El modo debe de ser el de Jesús de Nazaret que invitaba a seguirle. Nunca se debe emplear la violencia (la guerra debe ser rechazada como método de cristianización) y tampoco los predicadores deben hablar con cólera o para provocar miedo. El mejor método será el ejemplo, o sea, llevar una vida pura y santa. "Ser unos ángeles para los otros hombres".


Otros autores destacados de esta escuela fueron los jesuítas Luis de Molina y Francisco Suárez defensores de la idea de la soberanía popular frente al teocratismo político: el poder lo da Dios a toda la comunidad política, no a una sola persona, y debe ejercerse conforme al bien común y el derecho natural.

En general la Escuela de Salamanca aplicó el iusnaturalismo a los nuevos tiempos, estableció un clara diferencia entre moral natural y religión, y teorizó sobre la nueva economía justificando moralmente el interés que, hasta entonces, era considerado por la Iglesia como usura.


Importancia del pensamiento renacentista


La filosofía del Renacimiento fue, como puedes ver, una filosofía muy plural en la que los filósofos trataron de comprender los nuevos tiempos desde diferentes perspectivas. En general se mantuvo una cosmovisión cristiana, pero en la interpretación del cristianismo también hubo discrepancias y serias controversias.


Lo más destacable fue que la Ciencia, tal y como hoy la entendemos, echó a andar y con ella un cierto optimismo en la razón humana a la que se consideró capaz de grandes logros. Este espíritu será el que atraviesa toda la Época Moderna hasta su culminación en la Ilustración.


Kant y la posteridad

La filosofía de Kant fue criticada durante el siglo XIX por Hegel y sobretodo por Nietzsche A Hegel le pareció que había demasiadas "escisiones" en su pensamiento. El filósofo debe pretender explicar el todo y Kant (al quedarse solo con lo fenoménico) dejaba fuera de las posibilidades de la filosofía el mundo de lo nouménico, o sea, el mundo de las realidades sustanciales como Dios o el alma. Y Nietzsche, que desarrolló una filosofía claramente anticristiana, vió en Kant una nueva forma (más moderna) de defender los ideales del cristianismo.

Estas críticas no han conseguido tumbar a Kant. Después de la "borrachera" antiilustrada y anticristiana de muchas filosofías del siglo XIX (como el marxismo, el vitalismo nietzscheano y el psicoanálisis de Freud), Kant ha resurgido de sus cenizas y ha dejado una huella indeleble en muchos filósofos contemporáneos.


Pensar en clave universal

Su idea ética de pensar en clave universal ha sido recogida por las llamadas éticas "dialógicas" (K. Otto Apel, J. Habermas o J. Rawls). Se trata de aplicar el imperativo categórico kantiano al diálogo racional. La idea es que personas con distintas cosmovisiones pueden llegar a acuerdos o consensos aceptables para todos si están dispuestas a pensar en clave universal. O sea si están dispuestos a razonar qué es lo mejor para todos y no solo que es lo mejor para mí o para los de mi grupo. La idea es muy interesante y la comentaré más adelante cuando hablemos de Habermas y de Rawls.

La paz perpetua


Otra idea kantiana que ha tenido una enorme influencia es su concepción de la Historia como un proceso hacia la realización del deber moral, que se concreta en promover sistemas democráticos en todo el planeta con separación de poderes, en los que los seres humanos se gobiernen a sí mismos y vivan en paz y libertad. Ideal que debe cumplirse a nivel planetario y que exige la constitución final de una República Mundial a la que pertenezcan todos los pueblos de la tierra para evitar la guerra de todos contra todos que aún rige en las relaciones internacinales.


Esta idea, y la de una Federacíón para la Paz (si no es posible esta República Mundial) es la que inspira la política, al menos en occidente. De momento se ha traducido en la constitución de organizaciones internacionales como la ONU o la Unión Europea.


(Esta es la portada del famoso libro de Kant titulado "Sobre la Paz perpetua". Kant vió en una ocasión una taberna que exhibía como nombre comercial una lápida con la frase: La paz perpetua. Su obra comienza explicando que esa paz, la paz de los cementerios, no es precisamente la paz que debemos lograr los seres humanos)

La idea no está nada mal si tenemos en cuenta cuál ha sido la historia de los pueblos del mundo (y particularmente los europeos) siempre divididos y siempre en guerra.

Me despido por hoy con un deseo:

¡Ojalá estos ideales se logren algún día!

Kant y el deber

Otra de las geniales aportaciones de Kant a la filosofía es su ética del deber.

Hasta Kant las éticas pretendían un objetivo: la felicidad del individuo.Y la cifraban en alcanzar algún bien: la tranquilidad de ánimo, el placer, nuestro interés, la armonía, la virtud, etc.

Lo primero es el deber

Para Kant el objetivo de la ética no es la felicidad, sino que se cumpla la ley moral, es decir, el deber. Que el cumplimiento del deber nos logre la felicidad es ya harina de otro costal. Lo primero es el deber, aunque su cumplimiento entre en contradicción con esos bienes como el placer, el interés o nuestra tranquilidad, en los que ciframos la felicidad.

Si tenemos que subir, por ejemplo, una montaña para salvar a alguien que se encuentra malherido en su cima, debemos hacerlo aún cuando no nos apetezca, no nos cause placer o arriesguemos nuestra vida. Lo ético es actuar siempre por deber con independencia de los beneficios o perjuicios que podamos obtener.

Por eso a Kant las éticas anteriores a la suya le parecen éticas egoístas e interesadas porque, en definitiva, lo que proponen es cumplir con sus indicaciones para lograr un beneficio (la felicidad) y no porque sea un deber en sí mismo. Y, para Kant, es mucho más ético actuar porque debemos actuar de un modo determinado que por el benefico que esperamos obtener. O sea que la acusación de Kant a todas las posiciones éticas anteriores a la suya es muy grave. Las acusa, ni más ni menos, de ser éticas poco éticas.

¡Toma ya!

Que una ética sea una ética poco ética es, desde luego, algo serio. Es una enmienda a la totalidad. ¿Entonces, según Kant, no debemos perseguir la felicidad? No directamente. O sea, tenemos que cumplir con el deber y de ese modo nos haremos dignos de la felicidad, que es bien distinto.

El imperativo categórico

Y, ¿en qué consiste actuar por deber?

Pues actuar siempre de forma y manera que la norma que dirige nuestra acción pueda convertirse en ley universal. A esto lo llama Kant el imperativo categórico que se puede formular también así:

"Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca meramente como un medio".

¿Cómo se aplica este criterio?

El filósofo francés A. Comte-Sponville lo explica muy bien, así que ahí te va una cita:

“¿Quieres saber si tal o cual acción es buena o condenable? Pregúntate qué ocurriría si todos se comportaran como tú. Un niño, por ejemplo, tira su chicle en la acera: ‘Imagínate –le dicen sus padres- que todos hicieran lo mismo: ¡qué sucio estaría todo, qué desagradable sería para ti y para todos!’ Imagínate, a fortiori, que todos mintieran, que todos mataran, robaran, violaran, agredieran, torturaran… ¿cómo podrías querer semejante humanidad? ¿Cómo podrías quererla para tus hijos? ¿Y en nombre de qué podrías exceptuarte a ti mismo de lo que quieres? Es necesario, pues, que te prohíbas a ti mismo lo que condenarías en los demás, o que renuncies a apelar a lo universal, es decir, al espíritu o a la razón. Este es el punto decisivo: se trata de someterse personalmente una ley que creemos vale, o debe valer, para todos”.

De modo que al aplicar el imperativo categórico hemos de preguntarnos por aquello que es bueno para todos (no solo para mi) y llegar así a una solución universalmente válida.

Cuatro casos
Kant aplicó el imperativo categórico a diversos asuntos como el suicidio, la mentira, la falta de esfuerzo o la ayuda a los demás.

El razonamiento de Kant contra el suicidio (defendido por Hume) es interesante: aún a pesar de que una persona se encuentre en una situación de vida penosa no sería moral el suicidio, pues ello implicaría que estaría justificado de modo universal actuar de cualquier modo ante cualquier dificultad. Si el interés particular se sitúa por encima del imperativo universal de proteger la vida, entonces cualquier interés puede justificar acabar con una vida.

Tampoco es ética la mentira porque nadie querría un mundo en el que todos se mintiesen.

Y lo mismo cabe decir de la pereza o vagancia (o sea del no dar ni golpe): aún cuando uno tuviera resueltas todas sus necesidades vitales o estuviera forrado hasta los dientes, su deber moral sería esforzarse a tope en beneficio de la humanidad. De modo que ese ideal contemporáneo de no hincarla y dedicarse a viajar de balneario en balneario a Kant no le parecería ético. Todos tenemos el deber moral de dar de sí todo lo que podamos para favorecer a la humanidad.

Nadie querría, por último, que fuese una norma de actuación universal negar a los demás la ayuda que precisen. Por eso es un deber moral ayudar a los demás.


(En este librito de Kant podrás encontrar sus ideas éticas explicadas con mayor mplitud)

Crítica al emotivismo

La ética kantiana da cumplida respuesta al emotivismo moral de Hume que cifraba el criterio de la moralidad en el sentimiento. Para Kant, sentimiento y deber son dos cosas bien distintas que pueden incluso entrar en contradicción. En ese caso debe prevalecer el deber. Un ejemplo: ¿Tú crees que a los profesores nos gusta suspender al personal? Pues, no. No nos gusta, créeme, pero es nuestro deber hacerlo para que el alumno mejore. Del mismo modo que es el deber de un padre corregir a sus hijos, aunque pase un mal rato. Y así sucesivamente. Hay mil ejemplos en la vida cotidiana que te indican que el sentimiento de gusto o placer no puede ser guía de nuestras acciones si queremos actuar éticamente. Es muy posible, verbigracia, que no te guste mucho estudiar(o al menos que no te gusten algunas asignaturas), pero es claro que tu deber es estudiar. Así son las cosas mon cheri.

Requisitos de la actuación ética

Según el filósofo alemán, hay que actuar por deber y no, meramente, conforme al deber. Esto quiere decir que debemos cumplir con el deber (estudiar) sin esperar recompensa alguna, ni porque nos lo manden o por miedo al castigo. O sea que la intención es fundamental.

También debe ser el propio sujeto quien descubra el deber y se obligue a cumplirlo. Esta autonomía no significa relativismo o hacer lo que nos dé la gana, sino someternos libremente al Imperativo Categórico que es un criterio universal e incondicionado.

La libertad verdadera

Precisamente, si seguimos el imperativo categórico es cuando en realidad somos libres, pues solo en ese caso nos obedecemos a nosotros mismos y no a nuestras inclinaciones o pasiones. A esto se le ha llamado libertad positiva o libertad de realización que hay que distinguir de la libertad negativa o libertad de actuar sin impedimentos. Para Kant es la libertad positiva la que nos eleva sobre la naturaleza y nos realiza como seres realmente libres. Si seguimos nuestras pasiones o realizamos nuestros instintos: ¿qué diferencia hay entre nuestra actuación y la de un animal? ¡Toma ya!

Esta idea kantiana de la libertad me sugiere la siguiente reflexión:

Kant nos habla de una libertad desconocida en nuestros días, porque hoy la idea más extendida de la libertad es que ésta consiste en hacer lo que a uno le gusta (lo que le place a su cuerpo) o lo que le da la gana (que se resume, no en hacer lo que uno quiere, sino en dar satisfacción a nuestras ganas). No sé si estaré en lo cierto, porque supongo que en esto habrá de todo como en botica, pero no me negarás que, al menos, esta es la idea de libertad más publicitada en los medios de comunicación. ¡Si Kant levantara la cabeza y viera en qué han quedado sus apelaciones al deber en nuestra sociedad!

Por ejemplo: ¿querría Kant ir a Marina Dors, ciudad de vacaciones, a tumbarse a la bartola, a que le masajearan, le embadurnaran de barro, le cebaran bien y le entretuvieran con un baile después de la cena? ¿Cuántos días aguantaría Kant en estos templos de la banalidad contemporánea? La verdad es que no me lo imagino. Y si se diera el caso me temo que Kant diría:

-Ahí os quedáis. Tengo cosas que hacer.

Deber, virtud y naturaleza

Otra reflexión antes de terminar: a mi me parece que la ética kantiana es una gran ética que no es incompatible con otra gran ética que es la ética aristotélica. Me parece que para cumplir con el deber hace falta cierta virtud. Y para saber qué es lo que conviene a la humanidad también hace falta conocer la naturaleza de las cosas. Averiguar qué es lo que nos conviene a todos, exige manejar una idea correcta de la naturaleza humana, es decir, saber qué nos conviene porque realiza (y no destruye) nuestra humanidad. En pocas palabras: hacerle justicia a la realidad. Por eso la ética kantiana, aunque es una ética autónoma (es el propio sujeto quien descubre razonando el deber), es también, necesariamente, una ética heterónoma en la que el sujeto debe evaluar las consecuencias de sus acciones en la realidad.

¿Por qué es malo darle a alguien de beber cianuro? Porque además de que nadie querría un mundo en el que la gente se dedicara a envenenar al personal, el cianuro es un veneno. Esa es su naturaleza que no podemos obviar. Así de sencillo. Para fijar esta idea en tu mente ahí te va el logotipo que es obligatorio poner en los envases de bebidas peligrosas para la salud, dada su naturaleza venenosa:



(Ya sabes: si ves este logotipo en un envase no bebas)

Un ejemplo histórico de actuación por el deber muy citado cuando se habla de la ética kantiana:es el caso de Sir Thomas Moro. Este hombre perdió su cabeza por negarse a cumplir con los requerimientos del monarca Enrique VIII. Hay una película sobre esta historia que te recomiendo:Un hombre para la eternidad. Y la frase estelar de Moro fue algo así como: prefiero perder la cabeza que perderme yo. No está mal.



Una cosa más para terminar:la ética de Kant también sirve para dejar fuera de juego esa excusa que solemos poner muy a menudo consistente en justificar nuestras acciones porque los demás también actúan así. El "es que todos lo hacen", no vale nada para Kant.

Aún cuando todos robaran, mataran, mintieran o maltrataran a los demás, esas acciones no se convierten en buenas acciones porque sean muchos los que actúen así. Pasa como con la verdad: nada es verdadero porque sean muchos los que lo crean verdadero.

Ahí te va una imagen de unos colegas tuyos. ¿Qué hacen? ¿Está bien lo que hacen porque todos o muchos lo hagan?



Por eso a mí lo que me sugiere esta imagen es que hoy, en los tiempos que corren, para actuar por deber lo que hace falta es tener personalidad.

Sí señor: personalidad, esa es la cuestión.

Kant (I)
Inmanuel Kant nació, vivió y murió en Konigsberg. Sin salir de esta pequeña ciudad alemana (entonces Prusia) fue uno de los hombres más sabios del siglo XVIII.

Su truco: leer todo lo que caía en sus manos.

Según sus propias palabras dos asuntos le admiraron sobremanera: el cielo estrellado que está sobre mí y la conciencia moral que hay en mí. Es decir: la prodigiosa concurrencia de un universo determinista y una conciencia moral libre.
¿Cómo es posible esta situación? Es decir: ¿cómo es posible que exista un ser libre (el hombre) en un mundo físico no libre? ¿Quién es el hombre para que merezca semejante tratamiento?

Por eso la pregunta por el hombre es la pregunta fundamental de la filosofía de Kant.

¿Quién es?

¿Qué puede conocer?

¿Qué debe hacer?

¿Qué le cabe esperar?

Sentido de la filosofía kantiana

Estas preguntas se las hace Kant en pleno siglo de la Razón, siglo en el que aparecen las primeras críticas a la explicación cristiana de la condición humana. Hume había puesto en duda las pretensiones racionalistas de conocer el mundo, el alma humana y a Dios. Esta duda conducía al esepticismo. La razón occidental llegaba así a un callejón sin salida. Kant, frente a este escepticismo, trata de recuperar la razonabibilidad de las principales creencias cristianas. Según Kant la razón teórica no puede llegar más allá de los meros fenómenos, pero sí nuestra razón práctica que puede alcanzar la razonable convicción de la existencia de un alma inmortal en el ser humano, de su libertad y de Dios. (Los llamados postulados de la razón práctica). Además, Kant deja claro (algo que conviene recordar hoy a los que niegan "científicamente" la existencia de Dios) que: si bien es cierto que no podemos conocer a Dios, tampoco podemos negar su existencia.

La existencia de Dios

El razonamiento de Kant sobre la existencia de Dios se construye a partir de la conciencia moral y la libertad del ser humano. Si somos seres morales y libres también hemos de ser responsables de nuestros actos. Ello implica que hemos de ser inmortales y ha de existir esa realidad (Dios) que asegure el cumplimiento perfecto de la ley moral inserta en nuestros corazones. Todo esto quiere decir que las creencias fundamentales del cristianismo (como la creencia en un juicio en el que Dios juzgue nuestras acciones) resultan, para Kant, plenamente racionales.

Para que entiendas esto quizás vengan bien algunas imagenes. Por ejemplo contemplar, por un momento, un volcán.

Este es el Etna en plena erupción. Una fotografía fantástica de la NASA .¿No te parece? Bien, pues mírala con atención y dime: ¿Se da cuenta el Etna de lo que hace? ¿Es el volcán responsable de los desastres que ocasiona? No, ¿verdad? Pero, ¿por qué?

Parece obvio que la razón es que el volcán no tiene conciencia de lo que hace ni es libre de hacer otra cosa.

Ahora piensa en el sujeto que ves a continuación:

¿Sabes quién es? Es Jack "el destripador" después de destripar a una de sus víctimas. La instantánea tampoco está nada mal. Es sobrecogedora y enigmática. ¿Cómo puede alguien hacer algo así? Pero a lo que vamos: ¿Es responsable de sus actos el hombre de la capa y el sombrero? Más bien parece que sí. Y, ¿por qué? Pues, sencillamente, porque podría no hacer lo que hace. Parece que el tal Jack, por ser un hombre, es decir, un ser dotado de conciencia y libertad, es responsable de lo que hace y debe responder de sus actos. Sus acciones no parecen muy cercanas al deber moral, sino todo lo contrario. ¿Por qué son malas estas acciones? Según Kant vulneran el imperativo categórico que manda no tratar a nadie como a un objeto. Y parece obvio que destripar a una persona no es precisamente tratarla como a un sujeto.

Pero es que además este hecho no puede quedar así como nos muestra la imagen: Jack se larga y la pobre desdichada yace muerta en la calle. Solo si el hecho es reparado de un modo absoluto (no de la forma relativa e imperfecta de la justicia humana), las cosas que pasan pueden tener algún sentido.Pero para que esto sea posible tiene que existir Dios (un ser en el que ser y deber se identifican) y el alma humana ha de ser inmortal para que algún día se logre el deber y seamos dignos de la felicidad.

Pero si Dios no existe, nada de esto será posible: las responsabilidades humanas se diluirían y desaparecerían y los males no tendrían reparación. La mujer que yace muerta en esa calle de Londres sería algo sin sentido. Una vida que termina así y que no tiene posibilidad de ser mejorada carece de sentido. De modo que como decía Dostoyevsky, el autor de "Crimen y Castigo", si Dios no existe,todo estaría permitido y habría que añadir: nada tendría sentido.

Por cierto que en esta interesantísima novela el protagonista (un tal Raskolnikov) comete un brutal asesinato para ver si le remuerde o no la conciencia. Dostoyevsky nos relata con absoluta precisión como la conciencia atormenta al estudiante Raskolnikov. Ahí te va la imagen de la portada de la novela para que te animes a leerla. No te defraudará.


(Éste es Dostoyevsky uno de los grandes escritores de la literatura universal)

Hay otros ejemplos que avalan que disponemos de una conciencia moral dificil de acallar. Te citaré dos para terminar:

1º
¿Sabías que una gran cantidad de asesinatos o crímenes de diversa índole se resuelven porque los autores acaban por entregarse a la polícia?

2º
¿Sabías que muchos asesinos terminan por suicidarse?

Por ejemplo: ¿Sabes cuántos terroristas de la ETA han acabado por quitarse de en medio?

Dejo las respuestas en el aire para que las investigues. No hay nada como enterarse de las cosas por uno mismo.

Y en esa línea también podemos buscar la prueba definitiva de lo que sostiene Kant en nosotros mismos:
¿Podemos acallar nuestra conciencia del todo? ¿Podemos hacerla callar? O más bien la conciencia no calla jamás. ¿Por qué?

Aquí lo dejo por hoy. Hay otras ideas muy intersantes que comentar de este gran filósofo. Pero eso será otro día. Ahora me voy a dar una vuelta. Ha caído una nevada en Burgos, justo el día en que llega la primavera. ¡Qué cosas!

(Parque de la Iglesia Real y Antigüa de Burgos. Abril de 2007.)

Y, la verdad, no puedo resistirme a caminar un rato sobre la nieve. Me gusta pisar la nieve y observar las huellas que dejan mis pisadas. Huellas efímeras. Nada que ver, desde luego, con las huellas que nuestras acciones dejan en nuestra conciencia.
Hume y Dios (III)

Aunque Hume es más conocido en la Historia de la filosofía por su teoría del conocimiento y por su teoría ética, el tema de Dios fue uno de los que más le interesó.

Agnosticismo moderado

Según Hume no podemos conocer si Dios existe porque no tenemos una impresión correspondiente de Dios.Esta es la lógica consecuencia del empirismo radical del que parte Hume. Pero que no podamos saber si Dios existe no quiere decir que sepamos que no existe.

Por esta razón a Hume no podemos considerarlo partidario del ateísmo, sino más bien (como hace Ferrater Mora) de un agnosticismo moderado.

Lo que está claro es que Hume tuvo muchas dudas sobre el asunto de la existencia de Dios. ¿Cómo es posible - se pregunta- que exista Dios, sea bueno, omnisciente y todopoderoso y permita los males que ocurren en nuestro mundo? O bien no es bueno, o no es omnisciente, o no es todopoderoso, o no existe.

De este argumento Hume no concluye que quede probado que Dios no existe, sino que el tema conduce a la duda, a la incertidumbre y a la contradicción.

Dios y el mal

Quizá al "bueno de David" le hubiera venido bien conocer la respuesta de Kant a este problema, que no es otro que el problema del mal.

Todo cuadra si el mal que ocurre en el mundo no es la última palabra. Dios podría tener prevista una reparación del mal en otra vida. Así desaparece la contradicción. El mal no terminaría por imponerse, aunque Dios lo consienta temporalmente.

Esta respuesta de Kant me conduce a una reflexión: justamente la existencia del mal podría emplearse para demostrar la existencia de Dios si es que el mundo ha de tener algún sentido. Me explico: puesto que existe el mal en el mundo tiene que existir Dios, pues Dios sería la única garantía de que el mal sea reparado en otra vida. De no ser así los males del mundo serían males absolutos y este mundo carecería por completo de sentido.

La otra vida

Sobre la existencia de la otra vida nadie puede saber a ciencia cierta si ésta es posible. Pero tampoco nadie puede negar que pueda haber otra vida. Veamos: ¿no es casi increíble esta vida? Quiero decir: ¿nos damos cuenta de lo insólita y prodigiosa que resulta la vida que vivimos? Basta con atiborrarse a documentales sobre el Universo para darse cuenta de lo que digo. No parece haber nadie por ahí. Tan solo materia y vacío. Y, por lo visto, unos ruidos impresionantes que se producen por el nacimiento o muerte de las estrellas, las auroras boreales y cosas así.



El otro día escuché alguno de esos ruidos del Universo en un programa de radio y, la verdad, quedé impresionado. Yo creía que el Universo estaba más o menos en silencio, pero que va. Los ruiditos en cuestión son sobrecogedores. Los pulsars suenan como los latidos de un corazón (pum, pum,pum,pum...) y las auroras boreales como los fuegos artificiales (chis, chis, chiiis, pum...).
Bueno, a lo que iba: si esta vida ha sido posible (y reconocemos que es un hecho insólito y casi imposible), ¿por qué no puede ser posible otra vida?

Yo por mi parte no la descarto.

El argumento del orden del Universo

El mismo Hume reconoció que la existencia de Dios, aunque improbable, entra dentro de lo posible. El argumento que le parecía más consistente era el del orden aparente que hay en el mundo. Este argumento es fácil de entender: imagínate que te encuentras unas tijeras en la luna. ¿Qué probaría este hallazgo? Como poco que alguien ha fabricado esas tijeras con alguna finalidad. Pues bien, en el mundo nos encontramos cosas que parecen tener una finalidad: por ejemplo la hierba, el agua, los corderos, el sol, etc. ¿Tienen estas realidades alguna finalidad?Parece que sí. La hierba y los vegetales son el alimento de los corderos y animales, también producen el oxigeno que nos permite respirar, los animales nos alimentan, el agua sirve para aplacar la sed, el sol para que sea posible la función clorofílica, la evaporación del agua, etc. Si hay una ordenación de medios a fines en la naturaleza es razonable pensar que haya Alguien (Dios) que lo haya diseñado todo.



(A ver: ¿qué hacen ahí estos corderitos?)


Este argumento no era, para Hume, concluyente, pero sí razonable.
Lo interesante del agnosticismo de Hume es que deja abierta la posibilidad a la existencia de Dios, y ésta me parece una posición bastante honesta.

La necesaria incertidumbre

El hecho de que no esté claro si Dios existe tampoco está mal. ¿Qué sucedería si fuera evidente que Dios existe? Nos veríamos obligados a quererle y a adorarle. Y la verdad, no me imagino un Dios que quiera que le quieran a la fuerza. Más bien creo que Dios quiere que le queramos libremente. Es decir, Dios quiere que queramos el Bien libremente. Y ¿qué es el Bien? El Bien absoluto es amar al prójimo (relacionarse con el otro que no soy yo, hablarle, respetarle, compartir con él, compadecerse, entretenerse, reír, llorar, vivir con, en una palabra, quererle). Es aquí, en esta apertura hacia los otros dónde encontraremos al Otro absoluto y la felicidad.

Esto es lo que pienso después de darle muchas vueltas a este asunto. La felicidad buscada en el amor solo a uno mismo es una falacia y, casi diría, una contradicción en sus propios términos. Por eso, el lema más revolucionario que conozco es el que formuló ese exjuerguista y santo que fue San Agustín que dice:

"Ama y haz lo que quieras"

¡Bueno, bueno, hasta dónde he llegado hoy! Me he introducido en los procelosos terrenos de la teología... Pero ¡que le voy a hacer! No puedo dejar de pensar en estas cuestiones.

¿Hay algún tema más interesante?

¿O más decisivo?